viernes, 15 de febrero de 2013

Pornografía o cómo partir de lo evidente para leer entre líneas

Cuando, mesa  de por medio, casi veinte años después de haberlo negado con lágrimas, alguien te dice, con la cara transformada por el el odio: "Si te hubiera querido abortar, lo podría haber hecho. No sabés todo lo que hice para conseguirlo.", una intenta terminar de beber su té y no darse cuenta de lo que le están diciendo, máxime cuando la frase que sigue es "Porque vos siempre fuiste una hija complicada que no me quisiste desde el mismo momento de nacer." Una revuelve la taza y piensa que ya está viejita, que solo hay que oírla, que no hay que involucrarse, que no vale la pena, que nada va a cambiar y que mejor, mucho mejor, beberse el té. 
Pero las palabras son pornográficas y muestran todo, o casi. Cuanto menos, tienen el poder de quedar rebotando en las neuronas como filamentos de luz que no se apagan. Sus sílabas van y vienen sin cesar. En ciertos momentos del día se alinean y vuelven a decir. Entonces, quién podría hacerse la sorda y seguir revolviendo el té. La taza se ha volcado hace rato y con las mismas orejas he sentido el ruido de la loza al caer.  La pregunta siguiente es por qué. Pero no hay respuesta ni en las cucharitas sobre los platos que subsistieron. La conclusión siguiente es la orfandad: vacío y soledad en mi cuarto de niña: libros, papeles y marcadores de colores. Solo mi padre que, a la distancia, todavía me podia, cobardemente, querer. 
Es cierto, mamá, me podrías haber abortado; pero  no contabas con que yo quería vivir. Huelga decir que para un aborto hacen falta tres: un médico dispuesto, una madre anhelante y un niño que se deje morir. Parece ser que, para esa función, yo di parte de ausente. 
La vejez es como un filtro que se pierde y por eso decís las cosas que decís. Querés que te tenga miedo, pero ya no. Yo también aprendí la lección. De todos mis dolores me he curado sola y a lengüetazos -porque escribir tiene esa función sanadora de la saliva vertida para que cicatrice pronto. Solo me queda ese miedo a querer que no me puedo sacar;  porque el afecto podría lastimar y  en mi cuerpo -exiguo y pequeñito- ya no queda sitio por doler. No era necesario. No lo era, mamá. Si a mí ya me alcanzaba con leer en tus gestos mi abismal soledad, si yo podía darme cuenta en la distancia hacia mi piel que jamás franqueás. No era necesaria tamaña pornografía de la palabra, que siempre termina haciendo de mí alguien que huye por no estar /pornostar. 
Ahora que las piezas están puestas, solo se trata de jugar. Pero no. Yo no pienso jugar esta vez. Me levanto de la mesa que tendiste para otra función y te dejo sola. Como siempre quisiste estar/ o no estar.

1 comentario:

Spaghetti dijo...

Una historia cruel. Me pregunto que hay de verdad en ella y qué es lo inventado, si es personal o algo que has escuchado.
Se ve el miedo a lo desconocido, al amor (ese gran desconocido). Se ve el valor, ante el dolor y la supervivencia.
Tantos misterios encierran estas lineas, que resulta intrigante resolverlos.
bssos

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