viernes, 8 de febrero de 2013

Sueño 2

Era invierno. Dormíamos. De pronto me despertabas y me proponías salir a caminar. Yo miraba el reloj por sobre tu cabeza. Eran las 3:13. Lo recuerdo con precisión. "¿Ahora?", te dije y me senté en el borde de la cama. Me empecé a vestir. Cuando salímos, el barrio estaba todo nevado. Veinticinco centímetros al menos. El manto era blanquísimo, estaba intacto y nuestras huellas iban haciendo como un caminito: uno al lado del otro. En silencio. Tomados de la mano. Como yo me había puesto guantes envolvía la tuya con la mía. Durante una hora atravesamos esa cubierta hundiéndonos en la nieve  en silencio. Por momento era blanca, a veces casi celeste; el aire era una ola oxigenada y helada y hería al respirar. Tomamos una calle y bajamos a la acera blanca. En el medio de la calzada había un árbol: enorme, prehistóriuco. Entonces me dijiste: "¿Subimos? Hay algo que te quiero decir." Convengamos que trepar a un árbol a las tres de la madrugada y en un barrio nevado para decirse algo, es bastante extraño. Pero no lo dudé, me saqué los guantes, el gorro, la bufanda, el abrigo azul y trepé. Cuando te sentaste al lado, en la misma rama y abrazándome, me desperté. Era verano, todavía.

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