Tormenta de sábado

Quedaron las escamas en el fondo de la pileta y la corvina desnuda.
La tormenta se armaba en el ángulo izquierdo, lejana e improbable como siempre.
Y se llevaba al verano cosiendo sus pespuntes de calores.
En el aire, el relámpago bordaba el deseo de lluvia
y la tierra esperaba al pie de la frontera.
Después había silencio:
unas matas de hierba que echaban sus raíces,
animales dormidos en el filo azulado de las horas,
las manos que se buscan en la sombra,
y pájaros dormidos en la luna de agua.
Alguien me habla con su voz de canciones
y las melodías me rozan mis huecos de ternura.
Puedo mirar el cielo
como si fuera un plano bordado de sonidos
y me acuna la perfecta dulzura del abrazo.
A veces son los cuerpos que se buscan,
a veces son las almas que se vuelan.

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