sábado, 2 de febrero de 2013

Tormenta

Eléctrica.
Fosforescente y azul detrás de trama tejida de las ramas.
A-tormentadas cicatrices de oxígeno ardido.
En llamas.
Superficies de grises.
Pesados y encapotados aires.
Y el agua.
Que lava las horas, los minutos, los instantes.
Los cuelga de su tendal de gotas.
La tierra con su perfume de deseo.
Absorbiendo en lo seco la humedad cristalina.
De rama en rama se mojaban los pájaros.
Y las cigarras, nocturnamente insólitas, cantaban todavía.
Los charcos.
Las mesas que se mojan.
Las sillas.
Los cuerpos.
Los abrazos.
La cena en el acuático fragmento.
Después, decir lo que se dice en idioma de lluvia, de manantial, de vidrios empapados.
Y el deseo se curva.
Se anuda como un nido en la piel y se disfraza de furia o de ternura.
En la mesa.
En las sábanas.
En los momentos de memoria que se narran.
Y el deseo de agua, de viento, de otra vez el sol y otra vez la mañana.
Y los ojos abiertos mientras el agua se mezcla con la tierra.
Evaporada.
Perfecta.
Fértil de toda melodía.
Abro los ojos y aún está la mano que me roza, me abarca, me duerme en su palma para que lata mi corazón al ritmo de la lluvia: tambores y violines.
Dijeron que era hora de levantar los bordes de las cosas: adentro brilla la luz como si fuera noche y es de día. 


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