miércoles, 13 de febrero de 2013

Una perra

Nunca me gustaron. Es más, hubo momentos en que los detesté: huelen, rompen, demandan un cariño que no siempre estoy dispuesta a exteriorizar. Sin embargo, ella es algo bastante especial. Tiene esos ojos. Si usted mira con atención parece que se están yendo un poco más allá. Cuando la toco, cuando hundo mis dedos en su pelo tupido y me digo cómo hace para soportar el calor, ella los entrecierra y son rendijas negras, abismos donde el tiempo da la vuelta y vuelve a comenzar. Se lo juro. A veces yo estoy sentada o tirada en la hierba, escribiendo en medio de la oscuridad y ella se acerca a que la toque, a que peine su pelo con mis manos como si fuera un peine. Usted pensaría que la alejo porque, bueno, estoy escribiendo; pero no. No puedo evitarlo: mis dedos en su frente, entre los ojos negros, o mis palmas desde su trompa hasta su cuello. Así, como acaricio a mi gato, la toco a ella. Y vea que esto es decir mucho, casi todo si usted sabe leer en medio de las letras. Ella se queda sentada, y espera más y más y más. Exacatamente igual que Gómez. Porque, ahora que lo pienso, ella es una perra que sabe guardar distancias como si fuera un gato. Al rato se echa a mi costado y me deja escribir. Entonces, ¿qué decía yo? Ah, sí, que nunca me gustaron. Pero ella sí me gusta. Es más, me atrevería a decir que la quiero; y que, en ciertos momentos de la semana,  hasta la extraño de no verla. Pero no lo digo muy fuerte porque Gómez me ronda y usted sabe cómo es: un alma de perro en estuche de gato, que siempre anda a la espera de la exclusividad.

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