miércoles, 13 de febrero de 2013

Vecinas

Baldean la vereda con dedicación estrepitosa: lampazo y balde hasta que quede radiante. Un espejo, vea. Y después los perros del tipo de mitad de cuadra se la enchastran, y ellas  vuelta a empezar. Como si en vez de trapo fueran sus lenguas las que lustran hasta dejar despellejada a esa que sale cada mañana con el pelo mojado y la cara sin pintar. La ven pasar con su cuerpo medio desnutrido y sus patas largas, como de tero, con esa mochila colgada en la espalda. La tipa se para a mirar el sol de la esquina haciéndose visera con la mano libre y luego sigue sin saludarlas, sin darse por enterada de que hablan de ella sin nombrarla siquiera. Le han puesto un anticuado nombre de fantasía, justo a ella que ha tenido cien formas de ser nombrada - siempre en boca de hombre o de amigas desquiciadas y dadas a escribir en diferentes latitudes. Ella pasa con su vestido de flores;  ellas comentan y se ríen. Si ella lo supiera, les recomendaría algún polvo cicatrizante: para que no sangren por la herida.

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