sábado, 9 de marzo de 2013

Acuarelas


Él y yo buscábamos unos moldes en los que yo pudiera hacer un volcán de chocolate y apareció, entre las cosas, una caja de acuarelas. Yo había estado pintando toda la mañana, y, entonces,  me la prestó. No eran unas acuarelas cualquieras: habían sido de su papá. La acuarela es una pintura particular: tiene algo de independiente, de yo voy por donde quiero, de correr pigmentando el agua, de hacer su propio surco. La acuarela y yo, aguas las dos al fin, nos entendemos y respetamos. De todo lo que sea con pincel es donde me siento más feliz. Así que su caja me conmueve, la miro y pienso en las historias y las memorias, en su mirada de acuarela azul, en la tibieza que hace nido en el corazón. Acto seguido me pongo a pintar.

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