miércoles, 27 de marzo de 2013

Cara a cara: una batalla

Ella se subió el cierre de la falda. Diente por diente sobre la línea de su cadera. Después buscó la presilla e introdujo el botón; con ambas manos se alisó la ropa. Abrió el ropero y sacó unas sandalias rojas de tacones altísimos. Se las calzó y se sintió con unas piernas infinitas. Caminar desde esa altura era otra cosa. Sin dudas. Se miró en el espejo: de frente, de perfil, de atrás. Pensó que no estaba nada mal su falda negra para los cuarenta y pico que pesaba.  Desde el metro setenta que tenía con tacones revisó las perchas y eligió una blusa coral. Con sus dedos delgados, anudó los lazos y volvió a mirarse. Estaba bien. Así podría hablarle cara a cara, y ya sabía que llevaba las de ganar. No necesitaba maquillarse. Por otra parte nunca lo hacía. No iba a comenzar justamente esta vez. Tan solo un par de gotas de Rock & Roses en las muñecas y en la base del escote de la blusa. Pensó en hacerse un café; pero se dijo que mejor lo tomaba ahí. Se miró el cabello en el espejo del baño mientras se colocaba un aro rojo en la oreja derecha (en la izquierda siempre iba ese corazón filigranado que había comprado en Sevilla muchos años atrás).  Tal vez debería peinarse, pero -como con la pintura- jamás lo hacía, así que, ¿para qué empezar?  Caminó hasta la cocina, atravesando el patio y le gustó el sonido de sus tacones rojos sobre las baldosas y el deslizarse del forro satinado de su falda contra los muslos, subiéndose unos centímetros apenas. Estaba bien. Iba a hablar con toda tranquilidad. Ella no tenía problemas con su cuerpo. Podía exponerlo, disecarlo, autopsiarlo. Como su cerebro. El corazón era otra cosa: siempre lo sustraía al banquete. O lo entregaba mucho después. Pero mejor salir. Se hacía tarde. No la iban a esperar eternamente. Nadie lo hace; por más inquietud que se sienta. Y sabía que quien la esperaba del otro lado de la mesa se sentía nadando en inquietud. Ella no. En realidad no era más que una demostración de poder. El tipo que pasó en el auto le tocó la bocina y le gritó algo que ella no entendió. Se sintió segura del disfraz. Porque no era otra cosa que eso: un disfraz para impactar. Ella podía darse cuenta que somos superficies reflejantes y en pocas oportunidades nos desnudamos hacia la verdad. Cuando empujó la puerta y buscó con la mirada hasta ver a quien la esperaba del otro lado de la mesa, se sintió ridícula y ajena. Esa de falda negra y tacones rojos no era ella (que andaba en zapatillas y jean). Así que -sin ofrecer pelea-  dio por perdida la batalla y se marchó.


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