sábado, 16 de marzo de 2013

Casa tomada

Paradita y el viento ondeándote las piernas.
A ver cómo decís lo que venías pensando con tus zapatos azules y tu falda floreada.
Después se te despeinan las ideas y das contra los murallones del silencio.
Volados,
ruedos,
presillas,
cintas...
Después te desvestís y pasa el viento.
Y te quedas parada,
con la piel encendida
y las medias de seda,
con costura en medio de los muslos.
Y la cintura con un lazo anudado.
Botones.
Ojales.
Y el viento que sacude cabellos y los desparrama feroz sobre la almohada.
El viento recortándote  los bordes de la falda.
Encajes y puntillas.
Contra la espalda te desviste,
bajo los arcos que tensan las líneas de tucarne.
A ver cómo decís lo que moja la hora nocturna
mientras se cuela el viento
con sus ráfagas largas de aire que revuelve,
da vuelta las gasas de tu faldas,
y te encrespa los brazos que nadan en su aliento.
A ver si podés sostenerte sin plegarte como si fueras un trozo de papel en los dedos del viento.
Paradita
y el viento llegando a tus entrañas,
misteriosas entrañas con ojos de panteras,
con boca de felino sedoso y ondulante.
Las largas piernas largas temblando con la risa
y después el suspiro en que el mundo se acaba -como decía Eliot -
y las mujeres, como locas, acarician al David de Miguel Ángel
mientras beben el té en copas de cristal que dan vueltas y vueltas.
Excepto vos,
paradita con tus zapatos azules y tu falda floreada
que el viento desordena
y te empaña los ojos y te empapa la boca y te estira la nuca
para atraparte con sus dedos de viento
con su mano de viento
con sus piernas
para que ya no te escapes
taconeando en azules por la calle perdida donde el farol se hizo de luces alunadas.
Y tiraste la llave por esa alcantarilla con la tapa de plata.
Mirá si alguien entra con la casa tomada.


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