sábado, 2 de marzo de 2013

El curador de pájaros 4

Mi cuerpo cabe en el hueco de su abrazo donde él lo deshace centímetro a centímetro para unir sus fragmentos en el vértigo luminoso de su boca. 
Después pasa su mano a contraviento sobre mi vientre liso y lo llena de pájaros que vuelan con sus alas verdosas. 
Me bordea las piernas como si fuera un monstruo sigiloso que volviera a atacarme cuando yo pierdo las defensas y abro las compuertas de mis brazos para que entre el aire que traerá su lluvia. 
Me oprime la cintura donde dibuja arabescos de trazos imposibles hasta cerrar el círculo y ceñirme en busca de mi omóplato que compró en un mercado pagando con historias de viajes por el mundo. 
La voz me sube ronca y desearía ahogarla para que en Singapur no contesten los perros que ladran a la luna y a los barcos que parten. 
Me toma los tobillos hasta anudar mi viaje al perfil de sus dedos y me invade perfecto derribando compuertas e inundando poblado. 
Después anda sobre sus pasos por distintos caminos, intenta recorridos cuyo mapa yo ignoro y abre una senda de delfines azules que nadan en vórtices de oscuras marejadas. 
Y las olas regresan furiosas sobre su propia espuma, violentas contra su propia agua, suaves sobre la suave espalda que brota de sus manos, que se derrama y, en el final,  cae enredada en el hueco del abrazo donde vuelve a crearme para que duerma. 

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