martes, 19 de marzo de 2013

El curador de pájaros 5: la migración

El verano hizo su curva de calor y se cerró en sí mismo. En el horizonte azul, unas nubes rosadas trajeron su mensaje de frío. Era lunes y soplaba el viento colándose bajo el ala aleve de un leve abanico. El curador miró a la golondrina y pensó que ella podría hacérsela más fácil. No sé, dijo, podrías clavarme el pico en la mano hasta hacerla sangrar, o rasguñarme con tus patas amarillas de alambre. El ave entornó sus ojos dulces y apretó sus párpados para retener el poco de calor que todavía se demoraba entre las lantanas que visitaban a menudo dos colibríes verdes. Agitó las plumas nuevas y pensó que él también podría facilitarle la partida. No sé,  podrías no entibiarme en la palma de tu mano; o prohibirme dormir en el hueco que tu cuello hace en la almohada. El curador dio vueltas empezando un sinfin de cosas que fue dejando mientras ella alistaba su maleta preparándose para la inevitable migración. Son pocos días, dijo él. Y ella pensó que el tiempo es solo una dimensión subjetiva: poco o mucho tiene la exacta medida que el hueco de la ausencia  va abriendo en el centro del pecho,  donde el pájaro sentía latir apresurado su pequeño corazón azul. Él cerró los ojos y soñó con ríos que brotaban repentinos de la tierra, con canoas deslizándose por el agua, con rocas blancas de tanto rozarse; pensó en el nido que quedaría vacío en las horas del frío y en la primavera que debería regresar cuando el ave volviera a reír entre sus manos. Al alba, abrió la puerta y ella voló a través del cielo apenas iluminado rumbo al Norte. Durante todos los días de su viaje, ella pensaba a menudo en él porque sabía que aguardaba la hora de migrar otra vez.

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