miércoles, 20 de marzo de 2013

Gómez

Dicen que los animales se parecen a sus humanos. Dios me perdone --y me disculpe antes los demás- si mi gato aprendió de mí. El tipo se cree el centro de la nebulosa de Andrómeda. Maúlla para conversar todo el tiempo, independientemente de la voluntad de diálogo del interlocutor ocasional. En cuanto una se descuida, sale disparado a la terraza, de ahí a los techos del barrio de donde nadie sabe cuándo regresará. Se pelea de igual a igual con todos los gatos de la cuadra. Lo lastiman, pero los otros quedan peor. No me deja trabajar porque se apoltrona sobre libros y papeles como si fueran suyos. Juega con cuanta cosa se le cruza. Es curioso hasta el cansancio. Pide yogur a maullido pelado. Eso sí, busca mi mano para que lo acaricie. Si dejo de hacerlo, estira su pata hasta mi palma y me lo pide. Y se hace un ovillo en mi cintura para dormir. A veces lo mataría sin la más mínima duda; pero la mayoría de las veces le estampo besos en la frente mientras él me mira con cara de "dame más".




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