jueves, 7 de marzo de 2013

La caldera y el violín

Tenía las rodillas rojas de frío. Era sábado. Agosto. El agua escarchada era una película blanca sobre el pasto. Apenas un débil sol que no llegaba a calentar. La cuestión era empezar: abrir la puerta de la caldera, encender la primera llama, cuidar que prendiera, avivarla, echar la leña en forma regular de manera de tener el fuego ardiendo y que no se apagara a lo largo de toda la interminable tarde del sábado.  Después el frío pasaba. La caldera empezaba a entibiar el sótano donde debía permanecer protegiendo el fuego. Sentado en un cajoncito, junto a la pila de revistas que hojeaba en las que cientos de soldados desfilaban en la nieve. Ellos sí, sin caldera, ateridos, expuestos al azote del viento; él, allí, al abrigo, en el vientre templado de la casa toda la tarde hojeando las revistas. A veces se entredormía y soñaba con una niña rubia y con otra morena, o pensaba en sus amigos que jugaban a la pelota en las quintas vecinas durante todo el sábado. No se movía de al lado del fuego, en el sótano. Arriba de su cabeza, con las puertas de la sala cerrada, su padre tocaba el violín. Toda la tarde. No se podía mover ni un párpado sin que él lo notara. Silencio, niños. Y los tres hermanos enmudecían las largas horas en que la sala caliente se llenaba de música. Afuera el jardín era blanco y los vidrios se empañaban mientras el calor de la caldera entibiaba a su padre encerrado y tocando: una, dos, tres, cuatro, cinco horas: sin que lo perturbara ni el débil ruido de una bisagra girando sobre su eje. Silencio, niños. Y la noche iba tiñiendo de rojo el cielo y él, adormilado junto a la caldera, avivando el calor y el violín en el vacío. Después su madre lo llamaba a cenar. El sábado se había ido: las revistas, las niñas rubias y morenas, los amigos en las quintas cercanas. En la cabecera, su padre pelaba sus propias frutas y pedía queso. La casa se iba enfriando como los soldados en la nieve.

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