sábado, 2 de marzo de 2013

Noche de sábado

La cocina se encrespa y huele a mar, a sol, a océanos de yodo.
Abrochaduras perfectas en el aire de donde se sostiene la alegría.
En una olla burbujea el arroz y los peces se entregan al sacrificio de la cuchilla y su borde de acero.
Él lee las etiquetas como si fueran mapas de islas extraviadas
y extiende las carnes rosadas del salmón sobre una tabla.
Lo miro hacer mientras escribo a escaso medio metro, inmersa en los perfumes salitrosos de paisajes marinos;
y pienso:
en las siestas soleadas enroscada en su abrazo;
en las palabras que tejen hilos al centro de las almas;
en las noches de vértices despiertos;
en la risa que cae desliz(h)ada y abierta.
Mientras hace sus cosas y yo hago las mías, me habla y cuenta relatos que me habitan como si fueran enramadas tendidas para que yo las cruce hacia la orilla donde estaba esperándome desde que rozó con sus dedos mi mano a través de esa mesa circular y pequeña.
Hay una voz que canta y me encendí de amor.
El filo hiende la nocturna sustancia que nada en un océano de aire.
La luna se deshace detrás de los muros de la tarde que muere roja de sangre y de ciruelas.
Probamos vinagres milagrosos en los conjuros con que acertar al tiempo y herirlo para que sea infinita dentellada sobre la piel del sábado que acaba.
Comenzar otra vez.
Volver a repetir la pócima perfecta.
Abrir los arcanos del fuego.
Reír hasta quedar reducidos a viento.
Y esperar que otra vez nos regalen la lluvia y la tormenta entre las sábanas.





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