miércoles, 10 de abril de 2013

Desaparecidos

Cuando se llevaron a Julián, yo tenía 16 para 17. Un año después me subía a trayectos interminables de colectivo porque pensaba que en alguna parada, él iba a aparecer para abrazarme como lo había hecho durante todo el tiempo en que estuvimos juntos y nos quisimos. Con esa incredulidad que trae la ausencia  de un cuerpo que velar, algún día debo haber aceptado que su desaparición era lo más parecido a la muerte que yo conocía por entonces. Los días siempre siguen para los vivos y yo soy una especialista en pelearle a la alegría para que me invada.
Pero la vida, a veces, me pone zancadillas y en la historia de un gato fugado trae los impalpables recuerdos del terror.

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