La otra

Repaso los inequívocos gestos y sé de qué lado caerá la moneda que me tires.
Es previsible todo.
Hasta el teléfono que no suena.
Tus ademanes los leo como si fueran libros.
Creerás que te estoy escribiendo.
Lo hago.
Pero entendé lo que encierra el pronombre.
No sos destinataria del discurso, sino el acto enunciativo que produzco.
Te escribo.
Nacés como enunciado solo porque te evocan mis palabras.
Fuera de ellas, no tenés existencia.
Podés desearme muchas cosas, pero si no te digo no estás viva en mi conciencia.
Así que ahora 
Hago silencio y te asesino.
Morirás, lenta y desangradamente, aunque sigas viviendo.
Tan simple como esto.

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