martes, 16 de abril de 2013

Extrañeza

Los últimos campanazos y se cerró la puerta.
Nadie quedaba afuera, solo los intrépidos navegantes de la noche, esos que se mueren de frío bajo la lluvia pero no dejan de caminar.
Revolvió el café.
Y dijo: "Menos mal que mañana será otro día. A este le sobraron minutos por todas partes."
Se le saturó la cabeza con los recuerdos anegados de su vida.
De toda su vida.
Así que fue al lavabo, abrió la canilla y dejó que el agua se llevara todo por el sumidero.
Cuando se sacudió, las gotas pegaron contra el espejo y lo reflejaron: mojado, vacío, desligado.
Se vio en los vidrios múltiples y lloró: su piel estaba muerta.
Nadie sería capaz de resucitarla.
Y la extrañó.

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