sábado, 27 de abril de 2013

Las chicas de Letras 4: adolescencia

Las chicas de Letras -cuando todavía no sabían que lo serían, aunque podían intuirlo- no conocieron chicos que les apretaran la cintura cuando las sacaban a bailar. Mientras otras se estremecían con boleros, ellas copiaban poemas de Neruda y esperaban que alguien les dijera que querían hacer con ellas lo que la primavera hacía con los cerezos. Las chicas de Letras -cuando despuntaban sus pezones en flor- lloraban desconsoladas, debajo de las mantas, en invierno, porque creían que ellas jamás serían amadas al punto de decirles "menos tu vientre todo es oscuro". A escondidas pensaban que "La violación de Lucrecia" era lo más pecaminoso que se podía leer. A veces se enamoraban de chicos imposibles que jamás estudiarían Letras, solo porque les gustaba sufrir. Desde que su corazón empezaba a practicar ya sabían que, para escribir, es necesaria una cuota de dolor; y en aquellos lejanos días, las chicas de Letras suponían que cuanto peor, mejor: la vida, luego, les enseñó que no. Las chicas de Letras jamás habrían dado un beso si no hubieran sentido que se les iba la vida en la boca. Por eso tal vez besaban poco a los catorce y más a los dieciséis. A ellas, los enamorados les encendían los ojos y les coloreaban las mejillas. La primera vez que un hombre les rozó la piel sintieron que fue papel incendiándose a Farenheit 451 y sus cuerpos se abrieron como margaritas al sol. Algunos podrán sostener que las chicas de Letras jamás fueron adolescentes. Yo sé que ellas nunca dejarán de adolescer.

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