Las dos ancianas y el hombre de la rue Mouffetard

Hace unos cuantos años, yo estaba en París. Era diciembre y caminaba sola por el Jardin des Tuileries. Era un domingo por la tarde, en el mes de enero. Hacía mucho frío y había escasa gente: algunos niños flotaban unos anacrónicos veleros de madera en una fuente circular, parisinos con cara de hastío paseaban sus incontables perros y un par de turistas soportaban el frío con el estoicismo de los escasos días que tenían en la ciudad. Yo estaba estudiando, así que salía, de vez en cuando, a despejarme y dar vueltas por la ciudad, desde mi pequeña habitación de rue Mouffetard, cerca de la Place Saint-Médard, donde estuve casi un mes. En mi paseo distraido, mientras pensaba en Benveniste y las teorías de la enunciación, las vi. Tomaban el té en una de las confiterías del parque, un perro -que recuerdo color canela, aunque tal vez fuera negro- dormía sus pies. Tendrían aproximadamente setenta años, estaban maquilladas como si en eso se les fuera la vida, muy abrigadas. Lo que más me llamó la atención -eso sí lo recuerdo con precisión- era que las dos tenían unos sombreros muy adornados con flores de paño y plumas. Y hablaban mientras tomaban el té sin haberse quitado los guantes. Me senté cerca, con un café y las miré un largo rato: en realidad eran dos niñas jugando a ser ancianas. Sus gestos pertenecían a un pasado que ya no era. Recuerdo que, en ese viaje, yo había descubierto la tumba de Marcel Proust en Père Lachaise y caminaba por París, como en un trance, quizá en busca de mi propio tiempo perdido. Las dos viejitas tomando el té me parecían la señora de Villeparisis y la duquesa de Guermantes,  sumadas y multiplicadas. Finalmente, tiraron del perro y se marcharon caminando bajo el cielo grisáceo de París. Yo me quedé un rato más, antes de regresar a mi habitacioncita, desde cuya ventana, yo veía al hombre de enfrente, de camisa azul,  que tomaba una copa de vino al atardecer junto a su lámpara verde. Me apuré porque no quería perderme aquel momento de intimidad que él -sin saberlo- mantenía cada anochecer conmigo.

Comentarios

Spaghetti ha dicho que…
Me conmueve especialmente tu relato, quizás sean los propios recuerdos de la rue Mouffetard a la que yo llamaba rue Bouffe-tard por los restaurantes pequeños y románticos que cerraban tarde, recuerdos inolvidables. Yo vivía en la rue Puits de l'Ermite, muy cerca del metro Censier-Daubenton, en la misma zona que tu. Pasé un curso completo en la École Internationale de Mimodrame de Marcel Marceau, con el gran maestro,Y por las tardes, iba con otro estudiante a la rue Bouffet-tard a practicar las enseñanzas a cambio de unas monedas que a veces tenía que repartir entre los clochards de película que rondaban por allí con su dentadura perfecta y sus venerables barbas cuidadosamente descuidadas.
Gracias Julieta, por traerme esos entrañables recuerdos que se me habían perdido en la memoria de los viejos tiempos.
un bsazo
Spaghetti ha dicho que…
En relación a tu cita con el hombre bajo la lámpara verde de la ventana de enfrente, te dejo este breve relato que escribí hace poco más de un año.
http://almazul-spaghetti.blogspot.com/2012/04/solos.html.
Ya me dirás lo que te parece.

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