domingo, 14 de abril de 2013

Las dos ancianas y el hombre de la rue Mouffetard

Hace unos cuantos años, yo estaba en París. Era diciembre y caminaba sola por el Jardin des Tuileries. Era un domingo por la tarde, en el mes de enero. Hacía mucho frío y había escasa gente: algunos niños flotaban unos anacrónicos veleros de madera en una fuente circular, parisinos con cara de hastío paseaban sus incontables perros y un par de turistas soportaban el frío con el estoicismo de los escasos días que tenían en la ciudad. Yo estaba estudiando, así que salía, de vez en cuando, a despejarme y dar vueltas por la ciudad, desde mi pequeña habitación de rue Mouffetard, cerca de la Place Saint-Médard, donde estuve casi un mes. En mi paseo distraido, mientras pensaba en Benveniste y las teorías de la enunciación, las vi. Tomaban el té en una de las confiterías del parque, un perro -que recuerdo color canela, aunque tal vez fuera negro- dormía sus pies. Tendrían aproximadamente setenta años, estaban maquilladas como si en eso se les fuera la vida, muy abrigadas. Lo que más me llamó la atención -eso sí lo recuerdo con precisión- era que las dos tenían unos sombreros muy adornados con flores de paño y plumas. Y hablaban mientras tomaban el té sin haberse quitado los guantes. Me senté cerca, con un café y las miré un largo rato: en realidad eran dos niñas jugando a ser ancianas. Sus gestos pertenecían a un pasado que ya no era. Recuerdo que, en ese viaje, yo había descubierto la tumba de Marcel Proust en Père Lachaise y caminaba por París, como en un trance, quizá en busca de mi propio tiempo perdido. Las dos viejitas tomando el té me parecían la señora de Villeparisis y la duquesa de Guermantes,  sumadas y multiplicadas. Finalmente, tiraron del perro y se marcharon caminando bajo el cielo grisáceo de París. Yo me quedé un rato más, antes de regresar a mi habitacioncita, desde cuya ventana, yo veía al hombre de enfrente, de camisa azul,  que tomaba una copa de vino al atardecer junto a su lámpara verde. Me apuré porque no quería perderme aquel momento de intimidad que él -sin saberlo- mantenía cada anochecer conmigo.

2 comentarios:

Spaghetti dijo...

Me conmueve especialmente tu relato, quizás sean los propios recuerdos de la rue Mouffetard a la que yo llamaba rue Bouffe-tard por los restaurantes pequeños y románticos que cerraban tarde, recuerdos inolvidables. Yo vivía en la rue Puits de l'Ermite, muy cerca del metro Censier-Daubenton, en la misma zona que tu. Pasé un curso completo en la École Internationale de Mimodrame de Marcel Marceau, con el gran maestro,Y por las tardes, iba con otro estudiante a la rue Bouffet-tard a practicar las enseñanzas a cambio de unas monedas que a veces tenía que repartir entre los clochards de película que rondaban por allí con su dentadura perfecta y sus venerables barbas cuidadosamente descuidadas.
Gracias Julieta, por traerme esos entrañables recuerdos que se me habían perdido en la memoria de los viejos tiempos.
un bsazo

Spaghetti dijo...

En relación a tu cita con el hombre bajo la lámpara verde de la ventana de enfrente, te dejo este breve relato que escribí hace poco más de un año.
http://almazul-spaghetti.blogspot.com/2012/04/solos.html.
Ya me dirás lo que te parece.

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