lunes, 1 de abril de 2013

Territorio

En mi quinta sembré un limonero. Los primeros años no daba ni una flor. Al poco tiempo comenzó a llenarse de limones amarillos. Yo sacaba una silla y me sentaba a verlos crecer: primero los azahares que se abrieron como relámpagos blancos en la noche; después las gemas amarillas. Eso fue en las paredes de mi casa: día a día, semilla por semilla. 
Ahora el limonero crece solo.
Yo quedé extramuros.
Y añoro por momentos su viva luz.

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