sábado, 18 de mayo de 2013

Amanecer de un sábado de mayo

El silencio tiene gránulos de sonidos lejanos: una burbuja en la que se dora  de amanecer la hora. Oigo mi voz como una cinta de raso amarilla enlazándose en mi garganta. He bebido café mientras un gallo lejano canta y recuerdo la canción que le cantaba a mi hijo cuando era pequeño: "El gallo pinto no pinta. El que pinta es el pintor, que, al gallo pinto, las pintas, pinta por pinta, pintó." Las casas son secretas en la madrugada. A esa hora insólita en que los seres de una ciudad duermen: solos, abrazados, peleados o amigados con su propia existencia; ese momento en que aún se está en otro sitio y hay tanto de cuerpo indefenso y entregado; esa hora en que la guardia se baja y el corazón está desguarnecido y trémulo. Hasta los vidrios se empañan como si fueran ojos que vuelven de algún sueño. Es casi invierno ya. No puedo recordar el otro mes de mayo, ni todos los que fueron pasando hace tiempo. En esta madrugada solo existe el presente que se ha significado con sus ritos de sábado. Debajo de la ducha he pensado en mis muertos y la hora que crece como una enredadera entre mis piernas: todo el milagro que encierra tu mano en mi cintura cuando cierro los ojos y caigo, mecida por tu abrazo, en la ola perfecta de mis sueños. Ahora escribo. En un rato volverás de tu dormir profundo, haré café, oíremos la radio y empezará el sábado de mayo. En un rincón del mundo, mis muertos, abrazados, se sonríen. Están contentos con el invierno presente, con mis ojos de fuego, con mi alma de pájaro.

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