domingo, 5 de mayo de 2013

Debajo de la lluvia

Cuando yo era pequeña, el miedo tenía el rostro de mi madre. No lograba entender qué artes conjuraba para que los platos volaran cerca suyo o se despeñara escaleras abajo tras el empujón de un violento fantasma que nunca yo lograba vislumbrar. Después me fui de esa casa. Era temprano en mi vida y nunca logré ser la hija que la locura de mi madre hubiera querido. Hubo un día en que abandoné la empresa porque ni los diplomas ni las dulzuras calmaban la Erinia que ella era. Siempre creí que el mundo vería en mí eso que no era, que no lograba ser: siempre la falta, el hilo sin nudo, el ruedo desflecado, la hilacha inconducente. A fuerza de desear que ella me amara, me fui reconcentrando en mi propia cabeza: mirar de frente los vuelcos que me daba, sobreponerme al hilo rojo que me ataba a la herencia del sexo (la única mujer después de ella), intentar caminos diversos para ser madre y ahogar de amor (igual de inútil e inconducente). Quise ser otra siempre y cuando me miro tengo una intensidad de signo diferente, pero tan hiperbólica como es la de ella que no media, que no se detiene, que arrasa mi piel con su alarido y escarba, escarba hasta encontrar la piedra negra y alzarla ensangrentada. A veces intento ignorarla, hago de cuenta que se ha muerto en algún recoveco de la historia, pero tiembla en mí su palabra como un dardo y me deja desnuda y solitaria, como a los cuatro, debajo de la lluvia.

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