viernes, 31 de mayo de 2013

Fiebre:

La fiebre que tengo es fuego en el fondo del ojo que muerde como un tiburón tras la cifra que va allá como si nada pudiera detenerla, ni la pócima secreta de los druidas en los bosques de cedros centenarios. Me arden las rodillas, por debajo, en llamas que toman mi cintura y la abrazan. No siento el alma: se ha quemado en el hálito que respiro y sale por mi boca volcánica. Los huesos se disuelven como vidrio y los delgados músculos quedan volando como pájaros tontos que perdieron el rumbo. Las sienes se rellenan de arena y caen descebrándome en dolores y lajas. Los oídos son caracoles que gritan en el fondo de mi océano sin hallar a la sirena que canta en una piedra. Mi cuerpo pequeñito ha dicho basta. Hay que arroparlo y dejarlo que diga sus palabras.

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