domingo, 12 de mayo de 2013

García

Arrastra su historia de gato desplazado, del que nunca fue querido y entonces elige no querer: solo para soportar con estoicismo el abandono. Pero la vida es sabia y compensa. Siempre. A mí me quitó a Gómez que era el gato más querido y querible, el que se dejaba acariciar y lo pedía, el que conversaba a toda hora y se metía en el baño para seguir hablando sin parar. Nunca otro ocupará su lugar. Sin embargo, he aprendido, con mi historia de pérdidas y dolores, que el corazón es un músculo que crece a fuerza de querer, que alguna moradas se clausuran y en ellas guardamos recuerdos que, de vez en cuando, entramos a mirar; pero, cuando entornamos una puerta, sopla un viento que abre de par en par otro lugar. Y aquí está García. En esta casa, donde todos están durmiendo ahora, él y yo compartimos la silla. A lo largo de todos estos meses, los dos hemos aprendido a comunicarnos. Mi intención -como siempre- ha sido reparar. He puesto mi mano para que él buscara la caricia, he esperado cuando era solo un roce, le he dado leche y no me he enojado cuando dijo que no. Ayer, como quien no quiere que nadie se dé cuenta, García pasó de mi silla a mi regazo, apoyó sus patas en mi pecho y se quedó allí. Lo acaricié un largo rato entre sus orejas, en el borde de su cuello, por su lomo. Entrecerró los ojos y se dejó estar todo el tiempo que su personaje de gato arisco se lo permitió. Luego pasó detrás de mí y se durmió entre mi cuerpo y el respaldo de la silla, como está ahora. He conquistado una morada en su corazón y lentamente despego de su historia la capa del desamor.Que es como decir que el amor también me está reparando a mí.

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