sábado, 4 de mayo de 2013

Intimidad: él duerme

Vislumbro el día gris deseándose azul. Y un silencio de campo poblándose de pájaros. La perrita lloraba de soledad y se calló ovillada en el calor dormido de sus adultos. Yo leo -esa forma de saber que el otro existe y me dice lo que yo necesito saber-; la #Palabra me traspasa y me inunda de menudas revelaciones que son goterones de luz en mi cabeza que aún no sale de las mantas. Él -liberado de mi rutina de madrugadora laboral- duerme y su respiración roza mi cuello de lectora. Amo los amaneceres de invierno cuando vienen seguidos de permanecer bajo las mantas. Él exhala e inhala con ritmo lento y profundo, y mis piernas se enredan en las suyas ahora que escribo que estamos anudados en el gesto de confianza que es dormir con otro que no nos hará mal. Siento su brazo atravesar mi cintura y su mano que descansa en el brazo con que sostengo el teléfono en el que escribo, letra a letra, sobre la entrega que es el sueño: ese peso que se va liberando en el otro que lo sostiene y, a la vez, él también, se libera al ser sostenido. De todas mis emociones, ninguna es tan pura como este momento en que él duerme y yo escribo su dormir.  Después él se dará vuelta, yo dejaré la letra a letra de este celular y apoyaré mi mejilla derecha en su espalda y en esa almohada tal vez me dormiré.

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