jueves, 9 de mayo de 2013

Tu nombre y el mío

Dije la espesura de tu nombre. Pesé el color de sus sílabas y el perfume de todas sus vocales. Lo miré a contraluz. Corrió tu nombre en el tiempo haciéndose profunda marca de fuego en mi cintura. Durmió a la noche apoyado en mi nuca como si fuera un nido. Me acompañó, arropándome, a hacer café en la madrugada. Lo guardé entre las sábanas para que no sintiera frío y le conté secretos que solo yo sabía. Luego lo puse junto al mío y caminaron un largo trecho hablando. Al llegar a la esquina los dos se abrazaron, dieron la vuelta y desaparecieron. Entonces nos miramos, desnombrados y todo, y nacimos de nuevo. El mundo estaba tan lejos que latía en la sangre que teníamos. En los ojos nos veíamos como si fuera el primer día de todos los días que vendrían: vos, yo y la vida que crecía como una enredadera verdísima y oscura. Entonces dije tu nombre como si antes no te hubiera nombrado; y vos dijiste el mío. Y en nuestras bocas los nombres eran nuevos: tenían la altura de una montaña lejana y espejada, de peces que danzaban en el agua, de un verano cercano: de la vida.

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