jueves, 20 de junio de 2013

Á la recherche du temps perdu

Hace ya treinta y cinco años. En esos años vi a mi primer hombre desaparecer en las mazmorras del 76, aprendí griego clásico, mejoré mi latín, fui madre, viajé, amé y fui amada, murió mi padre y quien era mi compañero, volví a enamorarme, escribí libros, leí otros, mis hermanos se mudaron a países lejanos, nacieron mis sobrinos, mi madre envejeció, yo me hice más grande y más pequeña, amasé muchos panes, hice cientos de camas, barrí kilómetros de cuartos, me mudé varias veces, compré zapatos, herví zapallos, bordé almohadones, dibujé y bailé muchas veces, hice el amor con el cuerpo y el alma, lloré, grité, me reí y abracé. Y en unas horas volveré a encontrar aquel Combray, el té de tilo de la tía, la duquesa de Guermantes, Albertine y Andrea, Gilberta y las muchachas en flor, Francisca hablará y la sonata flotará en el aire. Volveré a caminar por el boulevard Saint Germain como aquel año en que recorrí París para hallar el camino de Proust. Yo también andaré en busca de algún tiempo perdido con la secreta esperanza de recuperarlo en algún recodo de una frase, en el pliegue de una palabra o en las acuarelas que se deshacen en mis propios recuerdos. Compañeros de viaje, ¡allá voy!

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