sábado, 29 de junio de 2013

Cuando sea grande, quiero ser cocinera

Cuando yo era una niña pequeña mi tía Felisa, que era hermana de mi madre y tenía una juguetería y ningún hijo, un día me trajo una batería de cocina de juguete. Era de alumnio y tenía ollas de todos los tamaños, sartenes, pisapapas, cucharones, espumadera y una pava. Dominga se llamaba la mujer que trabajó en mi casa hasta que yo tuve cuatro años. Era de San Juan y lo más parecido al amor de madre que yo hubiera conocido hasta entonces. Ella me dejaba preparar comida en mis ollitas con las mismas cosas con que ella preparaba el almuerzo. Había una olla grande en la que ponía a hervir las verduras que ella pelaba y con un pequeño pisapapas yo me hacía mi puré. Muchos años después, mi abuela Carmen vino a vivir con nosotros. Era andaluza y cocinaba como una reina -por lo bien y porque había que andarle atrás ordenando todo lo que ella dejaba desparramado y chorreante de azúcar o manteca. Yo aprendí a cocinar con ella. Me enseñó a amasar, a freír, a cortar pequeñito, y, sobre todo, el placer de poner en la mesa algo de lo que los demás disfrutarán. "La cocina", decía mi abuela, "es como la vida: puede ser que la primera horneada te salga dura y quemada; pero con el tiempo aprenderás." A mi padre le gustaba cocinar. Varias veces lo hicimos juntos y las evoco como un momento pleno de felicidad. Como casi todos las horas que recuerdo en cualquiera de las cocinas que supe habitar: la de la calle Rosetti con su amplitud de campo, la de Braille donde compartí tantas horas de invierno en la mesa sola con mi hijo, la de Bauness donde tanto cociné para los demás, la de Ciudad de la Paz donde hice comida para servir debajo de un tilo en flor, y la de ahora, en el sursuburbano, donde volví a hallar mis secretos de cocinera, olvidados en el recodo de un dolor que cada día se hace más y más lejano. Donde fuera que sea, la cocina es un lugar donde me gusta estar.

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