miércoles, 26 de junio de 2013

De cara a la alegría o lo que aprendí de mis padres

Desde pequeña, en mi casa, se hablaba de política. Mis padres militaron antes de que yo naciera y lo siguieron haciendo hasta el último día.   De sus tres hijos, solo yo seguí su camino desde los 13. En mi hogar familiar, hubo asilados de países vecinos, reuniones partidarias y gente oculta en épocas difíciles. Mis padres iban a la villa que estaba en Colegiales, organizaban actividades recreativas los sábados, salas de primeros auxilios, apoyos escolares, ayudaban a hacer calles, levantar casillas, palear zanjas. De ellos aprendi pocas cosas familiares, pero supe qué era ser solidario, entregado, generoso. Me enseñaron que nada era para siempre y que todo podía ser cambiado. Desde muy chiquitita, mi madre me hablaba del Che y el hombre nuevo, ese que debía superarse a sí mismo y ser el mejor entre sus pares. Y yo aprendí a forjar mi voluntad, a superar a fuerza de deseo (y planificación) mis obstáculos, a proponerme metas y evaluar cómo alcanzarlas. Recuerdo que, a los siete, mi padre se acercó, en la noche, a decirme que había habidoun golpe (el de Onganía), que ellos se iban a ir unos días (yo tenía en ese entonces un hermano de tres y otro de uno) y que quedaba a cargo para ayudar a  una tía. Nunca voy a olvidar el perfil de Onganía en el Zenith blanco y negro y mi angustia de cabeza de familia. Mi papá era un hombre de barrio, de esos militantes que caminaban calle y lo saludaban del Comité, la Parroquia y la Unidad Básica. Tenía alojada en el cuerpo una bala que había recibido en la Libertadora. En estos días, pienso mucho estas cosas y en la actitud que ellos me enseñaron. En los años más difíciles de mi vida, cuando yo era apenas una jovencita de dulces dieciséis y 1976 me ponía ante una dura e incomprensible prueba, mi padre me enseñó a seguir adelante, a que la vida valía ser vivida, a que había un futuro y  que tenía la obligación de llegar entera a él y con alegría. En aquella helada estación otoñal de dictadura, mientras me despedía a los más solitarios meses de exilio interior que yo tendría, me repitió lo de las alamedas abiertas para que volviera a pasar el hombre libre. Ocho meses después -con diecisiete- regresé; pero yo ya era otra, aunque siempre de cara a la alegría.

No hay comentarios:

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...