domingo, 16 de junio de 2013

Él habla

La tarde es gris. Los vidrios se cubren de un vapor melancólico mientras el viento galopa en los tejados enjabonados por la lluvia. Vos hablás de esas cosas que guardaste en el bolsillo de tu memoria. Y yo te escucho con los ojos arrasados y el corazón en la boca. Siempre vuelan cerca de mí las palabras: miles, las que digo, las que oigo, las que leo, las que escribo. Mi vida es un rompecabezas de piezas infinitas con forma de palabra. Puedo formar paisajes con ellas, darles vida a seres resplandecientes o hábiles devoradores de la calma. Y sin embargo hay algunas que traen un eco de desmesura triste, de nostalgia profunda: lo que no fue, lo que es un cuchillo que escarba en la herida, que, a veces, cicatriza y, otras veces, se inflama. Querría tener las manos de la sombra verdinegra de un pozo y aportar mi frescura, coser los pedacitos con hilos de araña para que no se vea nunca el zurcido imperfecto.Querría que te sientas cuidado, seguro, protegido, que nunca te dolieran los días que se fueron, las distancias reales. Pero ya está probado que nunca pude ser una buena enfermera, que solo sé hablar, bordar con sustantivos la grisura del día, poner sobre la mesa la comida, envolver en abrazos; pero que, cuando hablan los corazones que quedaron en pulpa en esa otra historia, solo tengo silencios. Y un silencio es la pieza que falta para que el día esté completo, para que los kilómetros se hagan solo metros y haya luz en medio del día que era gris y melancólico. Y sigue cayendo la lluvia jabonosa sobre la tarde prolongada de un junio que dijo sus palabras.

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