martes, 4 de junio de 2013

Héctor se despide de Andrómaca


Yo también sé todo esto, mujer. Pero la vergüenza que sentiría al mantenerme lejos del campo de batalla es demasiado grande. He crecido aprendiendo a ser fuerte, y a librar las batallas en primera fila, para gloria de mi padre y de Troya. ¿Cómo podría dejar escapar mi corazón, ahora, Andrómaca? Sé muy bien que llegará el día en que perecerá la sagrada ciudad de Troya y con ella mi padre Príamo y la gente de Príamo. Y si imagino ese día no es en el dolor de los troyanos en lo que me pienso, ni en el de mi padre,  mi madre o  mis hermanos. Cuando yo pienso en ese día, te veo a ti, mujer mía: veo a un guerrero aqueo que  te arrastra por los cabellos, envuelta en lágrimas, veo a nuestro hijo arrancado de tu regazo y despeñado; te veo como esclava, en Argos, mientras tejes los vestidos de otra mujer y para ella vas a buscar agua a la fuente; te veo llorar, y oigo la voz de los que dicen al mirarte "Mira, esa era la esposa de Héctor; el más fuerte de todos los troyanos". Ojalá yo muera antes de saberte esclava. Que pueda estar bajo tierra antes de ver tu pena. Andrómaca, no llores ni tengas dolor en tu pecho. Nadie logrará matarme si así no lo quiere el destino; y si el destino lo quiere, entonces piensa que ningún hombre, desde el momento en que nace, puede escapar a su destino. Por muy valiente que sea. Nadie. Ahora regresa a casa y retoma tus labores. Que la vida sigue. Y guárdame en tu alma, mujer mía, que es el sitio donde siempre deseo estar"

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