Luces de siesta

Llegaba de otro ambiente la música. Tenía los ojos entrecerrados, en esa exacta dosis en que no es la oscuridad total, pero tampoco se ve con los ojos abiertos. Cuando era chica solia pasar horas poniendo mi rostro al sol con los ojos cerrados y me pasaba las yemas por los párpados para ver cómo la luz cambiaba de color a través de la veladura de la piel fina que cubría la púpila y el iris. Ahora era distinto, pero tenía algo de aquel antiguo juego: al correr de los sonidos, mis párpados se llenaban de aguas azules y violáceas, unas flores  burbujeaban desde su propio centro y no dejaban de manar, unos arroyos turquesa oscuros  salían desde mi mirar entornado y se perdían en un punto de fuga más allá. No quise despertarme, pero el cerebro instauró rápidamente sus coordenadas de tiempo, situación y lugar: no fuera a ser que el placer caótico viniera a tomar su lugar.

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