sábado, 15 de junio de 2013

Mi papá

Mi papá era, en pocas palabras, un buen tipo. Quizá se equivocó al pensar que alguien debía sacrificarse y elegir que ese sería él. Desde aquel día de julio, en que vi el mundo por primera vez, me eligió y, como pudo y se lo permitió, me protegió de la Erinia enfurecida que todavía sigue siendo mi madre. Sus ojos eran los más claros que yo jamás haya visto; pero siempre estaban tristes, y profundamente resignados. Tenía bellas manos mi papá,  una mesa de herramientas, en la que a veces me dejaba andar, y una letra prolija que  siempre envidié. Todos los viernes me traía libros de muñecas de papel y un tomo de Julio Verne para que yo leyera. Me regaló una caja de lápices Caran D'Ache y la Literatura latina de Jean Bayet. No me dio muchos consejos, pero recuerdo cada uno de los que me supo decir. Quiso a mi hijo y lo disfrutó, pero se murió demasiado temprano y Pablo acusó quedarse sin su abuelo Jojó. Son infinitas las veces en que tengo memorias de sus libros de teatro, de sus campamentos en la montaña o en el mar, de su cocina, del perfume de sus camisas, de sus relatos de un tiempo que ya no era, de su militancia barrial. Se murió un 17 de diciembre mientras yo le sostenía la cabeza y le acariciaba las manos. Aunque mi madre se enoje "porque no se puede querer a un muerto", yo lo quiero cada día más. ¡Feliz día, papá!

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