martes, 25 de junio de 2013

Microcosmos

Como si viera el mundo a través de una lente poderosa, yo me demoro en las cosas pequeñas. Me sorprende el hueco de un dedal, el brote verde que se despereza, el retazo de seda, la letra elegante en tinta negra. Me gustan las presillas, la comida en el plato y su hilo de humo, la sombra que se queja de su hendidura luminosa, las hebras que nadan en la taza. Prefiero el calor de la estufa en la espalda y el agua que corre en enero, la nostalgia infantil de los domingos, los lápices con punta. Hay cierto aroma que me dice la palabra pausada de mi padre, una risa que trae a mis hermanos y una canciòn que canto cuando recuerdo cómo dormir a mi Pablo. Los cuadernos son pliegues para guardar oraciones extensas como un suspiro hondo. Por ese caminito yo anduve, y en la cocina colgaban mis piernas de esa silla. Tengo una caja llena de papel de colores, y en una lata pongo puntillas, botones e hilos de bordado. Mi taza tiene amapolas y anémonas y cucharitas con mango anaranjado. Me gustan las esdrújulas, los verbos de la segunda y el latín como una dulce entonación del alma. Recuerdo el perfume de la Rue des Écoles en invierno y tu jardín lleno de hojas un sábado. Yo siempre me demoro en los bordes, las suturas, en el zurcido visible que permite caminar adelante. Veo la hierba crecer entre mis dedos y acaricia mi cara la tibia pelusa de tu espalda. Leo, como si entre las letras se guardaran un secreto y escribo como si fuera aliento. Mis fotos son recortes donde caben universos de aire y te beso en el cuello con sonidos de pájaro. Lo curioso es que, a veces, lo que se ve pequeño apenas me cabe en el cuerpo.

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