sábado, 13 de julio de 2013

Aman/e/ceres

El amanecer es un momento de esperanza. El silencio profundo que queda de la noche comienza a llenarse  de pájaros. A lo lejos suena la bocina de un tren con su memoria de viajes a lejanos y perdidos lugares viendo pasar la película del paisaje a toda velocidad. El aire es limpio y trémulo. El mundo está desperezándose para comenzar. Una cuenta sus cosas en voz baja como si temiera despertar a los niños que duermen en el cuarto de al lado y no deben perturbar la quietud inicial. Algo de campo subyace en este suburbano que eran las orillas de la ciudad para el viejo ciego que, a veces, solía deambular por acá: ese almacén rosado, las tibias calles de barrio, la luz amarilla del sol que comenzaba a despuntar. "Escrituras de luz embisten a la sombra" (1) sobre la página esperanzada del día. Un aire helado penetra por la ventana que acabo de entreabrir. Ya llegará la tarde y el cielo sangrará para ser suturado por un hilo de estrellas. Por ahora todo está aún por suceder.

(1) Jorge Luis Borges, "Jactancia de quietud", Luna de enfrente, Obras completas I, Madrid, Emecé, 1996.

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