domingo, 21 de julio de 2013

Beirut, la matria recuperada

Los territorios son tan sutiles como mapas que se inscriben en la piel en las horas en que no tenemos dónde asirnos. Algunos humanos deambulan por el mundo desprendidos de su lugar: pueden armar un campamento en cualquier parte, llevan su historia en la boca y no precisan otra cosa que un momento de atención para enunciarla y hacer del relato su patria, es decir, ese sitio que el padre les ha legado para comenzar a ser. Otros, en cambio, necesitamos la significación de los recodos. Con obsesión hacemos de las casas indicios identitarios de lo que es un alma en formación: esa taza de bordes pintados, aquel libro, el rayón de una mesa, el perfume inédito de unas paredes, la luz al reflejar contra el cristal de color. En los muros de lo que es nuestra casa escribimos con tinta, que solo nosotros podemos ver, lo que es nuestra historia y la corregimos cotidianamente. Curiosamente, somos los ausentes de una patria como discurso épico, miramos los ejércitos viriles pasar con sus botas de cuero y nos quedamos a fundar algo que sabe a sensación materna, a taza de té debajo de la manta, a lengua que desconoce las palabras y las inventa para transportarlas cuando va por ahí. He descubierto la especie de la que formo parte: lo veo en los párpados entrecerrados de sueño de los que viajan conmigo en el tren, en la forma de arropar la memoria de los muertos, en los recortecitos de papeles que desplegamos para leer. Antes o después hacemos de nuestras casas derruidas por la guerra -sea cual fuera esta, siempre hay una guerra que nosotros libramos para vivir-, regresamos a nuestra casa a colocar las cosas en su lugar y volver a dormir bajo las cobijas de ese territorio que es el plano de nuestro existir.

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