sábado, 20 de julio de 2013

Cartago delenda est

Una vez, crucé el Mediterráneo, hasta Túnez y vi Cartago. Las ruinas de la roja ciudad destruída estaban desparramadas cerca del mar que sus naves surcaban y unas columnas se erguían, límpidas y acomodadas, como inútiles faros sobre las aguas. Creí sentir a Dido sollozar mientras las naves de Eneas se alejaban para fundar la ciudad que traería el odio a las tierras púnicas y mojar las dulces prendas en su salobre dolor. Roma era una madre aún inexistente y ya paría varones capaces de fijar su mirada en el punto más alto del poder, mientras la africana Cartago se deshacía en el calor intempestivo de las pasiones. En ese entonces, yo tenía la juventud inexperta sobre la piel y me acompañaba un hombre de Argel que supe conocer en París. Recuerdo mi vestido color celeste cielo y mis cabellos sujetos en la nuca. En mi memoria, aquel día tomamos boukha en un negocio oscuro y ahumado donde devoré con ansiedad unos briks. El sol pegaba como una mano dorada y caliente y en una lengua inventada hablamos de Virgilio hasta el anochecer. Dos días después volé hacia Buenos Aires y nunca supe nada más de él. Cartago fue destruida, pese a la furia protectora de la diosa Juno: todo porque Venus no perdería su segunda guerra en la historia y Roma estaba llamada a dominar el mundo. El Mediterráneo es un mar azul donde las historias se tejen sin otro esfuerzo que evocar lo que fue. De peces y pájaros amorosos está llena la espuma y si una extiende la mirada ve a Dido hundirse para siempre en la agonía de su desolación.

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