lunes, 8 de julio de 2013

Circe

Me despierto. Abro los ojos. Me estiro. Me levanto. Pongo agua en un jarro. Hago café. Lo bebo. Me visto. Me calzo. Doy  vueltas a la llave. Salgo. Cierro. Camino dos cuadras. Viajo.  Trabajo. Almuerzo. Bebo café. Escribo. Hablo. Leo. Viajo.  Doy  vueltas a la llave. Entro. Cierro. Ceno. Uso el teléfono.  Me descalzo. Me desvisto. Me baño. Me acuesto. Cierro los ojos. Duermo. Me despierto...
Y no hay espacio ni tiempo ni deseo para pensar en algo que no sea lo que se habita en el tiempo, el espacio, el deseo. 
El resto, que se sueña central y carmelita, que se antoja en el ojo que mira hacia otro lado, ese resto no existe aunque se enuncie como si fuera condición necesaria, y grite con su boca perdida. No hay eco ya para los habitantes moribundos de la Cólquide. 
Soy como Circe: ¡hago cerdos!




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