viernes, 5 de julio de 2013

El cuerpo explícito

Entonces dijimos que los retazos eran solo tijeretazos dados sobre la carne trémula y el suspiro partido. Y había que zurcir la madrugada como si fuera explícita y no guardara ni un doblez de secreto. Pero todo tiene destellos que arden en los dobleces dorados de los dedos. Apenas un roce contra la piel y el cuerpo, implícito y misteriosamente tierno, se imagina lo que está por hacerse: su propio deshacerse al borde de la boca. Los dientes son suavísimos roedores que buscan denodados que amanezca. El susurro del aire se arremolina detrás de las rodillas. Se olvidan las horas con su paso marcial sobre las avenidas y las aristas se anudan como cintas en los labios abiertos. Después se dicen las palabras y donde hubo cuevas de sombra y de besos, hay una ancha ría de madréporas y peces bailarines. Tu mano pasa bajo mi cuello y duermo.

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