domingo, 14 de julio de 2013

El sabor de las ciruelas

Cuando yo era pequeña vivíamos en una casa en Belgrano R. Se entraba por el garage a una escalerita que daba a un hall. A la derecha estaba la cocina, con la mesa donde desayunábamos y merendábamos; a la izquierda, el comedor donde comíamos. Mi cuarto estaba en la planta baja y daba a la calle, los de mis padres y mis hermanos, en el primer piso al que se accedía por una escalera de madera que era rasqueteada dos veces al año. Tenía una baranda lustrosa por la que nos deslizábamos cuando no nos veían. En el primer piso había otra escalera pequeña que conducía a un altillo donde mis hermanos y yo jugábamos a disfrazarnos con un canasto lleno de ropa vieja, o dibujábamos y pintábamos en los días de lluvia. Atrás de la casa, siguiendo por la puerta trasera del garage, había un patio, y más allá un jardín con un ciruelo que se ponía en flor durante la primavera y se cargaba de gordas ciruelas moradas en el estío. Desde entonces, la ciruela es la fruta que más me gusta; junto con las frambuesas que le comprábamos, cada verano, a la señorita Kathy que atendía la estafeta de la Península de San Pedro y nos las juntaba en una fuente enlozada ovalada de color rojo. En la casa de Belgrano, el tiempo pasaba entre la paz y los brotes que nos deparaba la psicosis de mi madre que solía revolear cosas por el aire y a veces a ella misma también. Seguramente, de haber tenido una mamá cariñosa y serena, yo habría aprendido a confiar con anterioridad; pero tampoco podría decir que he sido una niña infeliz. Mi padre se ocupaba de que tuviera muchos libros, papeles y lápices para dibujar. Lentamente, eso se constituyó en mi posibilidad de pasarla bien. Mi tía Perla, una mujer dulce, que me dejaba ver las películas de Sissi en su cama matrimonial, hizo las veces de hada madrina y me rescató, toda vez que fue necesario, de mi mamá. El resto del tiempo, yo caminaba entre el pasto y las piedritas del jardín, me sentaba a leer debajo del ciruelo, lavaba mi ropa con jabón blanco en una terraza que había detrás y la colgaba al sol. Siempre supe buscar por donde fuera lo que me sujetara al deseo de vivir. Cuando mi abuela paterna vino a quedarse con nosotros, ella me enseñó a cocinar y entonces tuve muchas más cosas con las que sostener mi ansiedad por entender qué cosa le sucedía a mi madre cuando se encerraba en su cuarto y salía sin hablar. Crié a mis hermanos todas las veces que pude, sobre todo al menor. A veces me pasaba horas en su habitación leyéndole historias hasta hacerlo dormir. Mi padre me llevaba con él todos los sábados al mercado de Belgrano, el que está todavía en Ciudad de la Paz. Esos olores, los arenques en crema, las verduras elegidas de una en una, los quesos de Valenti y las canastas de frutas son sensaciones que nunca estarán fuera de mí. Dicen que lo que no te mata, te fortalece. Yo creo, en cambio, que me hizo diminuta, para ocultarme mejor. Pero también me enseñó a inventar mundos en un espacio de dos por dos. Esta mañana, sin ir más lejos, mientras enjabonaba una toalla blanca para secarla al sol, sentía que este ir y venir por esta casa, su caminito de piedras, su cocina para desayunar, su lenta mansedumbre dominical es tan entrañable como el sabor de aquellas ciruelas y por eso es que me siento acá tan bien.

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