domingo, 7 de julio de 2013

La cena del domingo

En las ventanas había colgado vidrios de colores para que las horas, enredadas, duraran más. Tenía esa forma de pensar que el mundo obedecía a su mirada y al tono de su voz. Los panes, los cuchillos y las tazas eran seres imperceptibles que habitaban en su cocina y le hablaban cada mañana con una historia diferente mientras ella trajinaba con el café y la mermelada de cerezas. Después la invadió una especie de tristeza tierna como los domingos de invierno de la infancia cuando su madre la  llamaba para cenar. Siempre ese temor de decir que no, que ella no iba a cenar nunca más para que el domingo se estirara como un gato después de la siesta. Pero a su madre nadie le decía que no, así que tragaba lo que le ponían en el plato con un nudo en la garganta y se ponía a dibujar hasta que le decían que dejara de jugar porque al día siguiente había que ir a la escuela. Y ella rogaba para sus adentros que nadie lo dijera, que, tal vez, si quedaba sin ser dicho pudiera ser que dejara de suceder. De aquellos días le quedó la convicción de que las palabras tenían poderes que solo ella era capaz de convocar y aprendió a ocultarse en sus reveses luminosos y en sus aristas densamente oscuras. De todas prefería los verbos que podían desarmarse como rompecabezas para que el mundo se moviera a una velocidad inusitada o en una cámara que, de tan lenta, parecía inmovilidad. Después recordó su preferencia por el sistema pronominal que adolece de referencia intrínseca y requiere de un esfuerzo supletorio para decir. Todo era cuestión de convocar a las palabras en el caldero de la cena y resistirse a comer. Cuando fuera capaz se conjurarían las horas y el día dejaría de terminar. Entonces podría estirarse en la cama, junto a la ventana y por horas mirar los vidrios de colores girando y sin detenerse  más.

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