martes, 9 de julio de 2013

La golosina caníbal

El ojo, esa golosina caníbal que no nos atrevemos a morder.

Miralo.
Todo.
Que no te quede nada.
Cada doblez abierto.
Cada pliegue escondido.
Miralo todo.
Con el dorso y la palma de las manos.
Con las pupilas.
Con las yemas.
Con el olfato.
Con la boca.
Con la piel.
Miralo todo.
Con la imaginación que desborda.
Con la que se recata.
Con los pasados acumulados en sincera comparación.
Miralo todo.
Devóralo con la mirada desmayada
en cada una de las pestañas,
en las manchas del iris,
en la retina de la saturación.
Hasta que se sacie el deseo.
Y se cierren los párpados.
La cuestión se oculta en el ojo que mira y en lo que es mirado.
Como ese trágico ser de dos planos cuya existencia es  síntesis dialéctica. 
La mirada: conjunción del sujeto mirante y el objeto mirado.
La mirada: epicentro del amor pasional.
La mirada: carne incorpórea, sudor transparente, fluidos vaporizados y más.
La mirada: ese pudor pornográfico que se atreve a acabar.
El problema es cuando se dice pornografía solo por/no/(e)star.

Consejo: Leer Historia del ojo de Georges Bataille/ O en su defecto, "Le chien andalou".

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