viernes, 26 de julio de 2013

Mónica Volonteri

"No llores", me dijo, "No quiero cortar la llamada y que estés llorando, porque entonces yo también voy a llorar y debo ser fuerte." Yo iba a decir la consabida idiotez de "¿Desde cuándo llorar es símbolo de debilidad?", pero ya no podía decirlo porque las lágrimas me lo impedían, y era, ciertamente, una idiotez. Entonces pensé en el mar transparente que bordeaba su casa, sus hijas, su vida; en la amistad que viajaba a través de kilómetros de nada para sostenerse como un hilo de niebla en medio de la selva; recordé sus medias de encaje blanco y las mías, negras; y el tiempo que se va irremediable hasta dejar la carne viva. Pensé que nos llamamos cada cumpleaños -una vez por ella el 17 de febrero, otra por mí el 23 de julio-;  o si el viento nos birla los cimientos. Nos recordé en aquel cementerio de Viedma cuando murió su padre de mano propia, y nosotras viajamos a encontrar la soledad que es patagónica y nada; y en ese otro verano en que cremamos a mi padre y ella estaba, y nos fuimos al Tigre para que yo llorara la pena que no podía salir ni a contrapelo. Porque nos unen historias infinitas, un par de hombres, los hijos, las palabras y una sed inagotable de querernos a través de los años.

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