domingo, 21 de julio de 2013

Oda a un par de medias (O versionando a don Pablo)

Me trajo Claudio
un par de medias,
que compró en su bicicleta voladora,
dos medias suaves como liebres.
En ellas metí los pies
como en dos estuches
tejidos con hebras del
crepúsculo y pellejos de ovejas.

Abrigadísimas medias,

de mis colores (dijo),
mis pies fueron dos pescados de lana,

dos  mirlos,
dos cañones;
mis pies fueron honrados de este modo
por estas medias celestiales .

Eran tan hermosas que por primera vez
mis pies me parecieron inaceptables,
como dos decrépitos bomberos,
bomberos indignos de aquel fuego bordado,
de aquellas medias  luminosas.

Sin embargo, resistí la tentación
aguda de guardarlas como los colegiales
preservan las luciénagas,
como los eruditos coleccionan
documentos sagrados,
resistí el impulso furioso de ponerlas
en una jaula de oro y darles cada

día alpiste y pulpa de melón rosado.
Como descubridores que en la selva
entregan el rarísimo venado verde
al asador y se lo comen con remordimiento,
estiré los pies y me enfundé
las medias bellas, y luego las botas.


Y es esta la moral de mi Oda:
Dos veces es belleza la belleza,
y lo que es bueno es doblemente bueno,
cuando se trata de dos medias
de lana colorida en el invierno.


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