sábado, 6 de julio de 2013

Solano

La Argentina es ancha y extensa, y en ella conviven patrias que, a simple vista, parecen irreconciliables: son mundos cuyos límites culturales no se tocan ni siquiera tangencialmente. La localidad de San Francisco Solano, en la provincia de Buenos Aires, a caballo sobre los partidos de Almirante Brown y Quilmes, es esa patria que no conozco y que está soltada de la mano de Dios. Tiene un mercado donde se venden desde tomates hasta celulares robados, pasando por medias, botellas de aceite, la ropa viejísima y gastada, juguetes, estufas, televisores y bicicletas. Son cuadras y cuadras de puestos en los que una bolsa de fideos cuesta $2,50 y un equipo de deportes, $20.- Los chicos tienen mocos verdes que les cuelgan de la nariz, y  una mirada de profundidad adulta que no les pertenece. El aire huele a carne asada y a grasa donde se fríen empanadas; pero por debajo a barro, y a frustración acumulada por décadas debajo del lodazal. Y una se pregunta en qué mundo vive que los márgenes no la alcanzan, que puede cerrar los ojos a la hora de la siesta y dormir mientras esos chicos tienen las mejillas percudidas de tristeza. En un arroyo, en medio de la basura, dos perros se hinchaban de puro muertos junto a un puentecito y el agua se llevaba su pestilencia más abajo, alrededor de casitas donde la gente se quiere, se odia e intenta vivir. Hay circunstancias en que pienso que he elegido mal dónde hacer lo que sé. Pero me pregunto hasta dónde mi comodidad soportaría el barro helado, las mañanas de invierno y la desesperación. Como fuera, el mundo es injusto y doloroso. Solo que para algunos  mucho más.

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