miércoles, 3 de julio de 2013

Una carta de día 3

Desde esta lejana ciudad te escribo, desde este lugar que ha quedado estampado contra unas vías vacías y gente amontonada que no  terminaba nunca; y te escribo para que sepas lo que yo quería decirte y me lo impidieron semáforos enloquecidos y gritos ensordecedores. Porque ahora dejaré mis piernas quietas debajo del vestido blanco y negro y el viento se calmará en la plaza para que vos me digas lo que me susurraste entonces en la boca y yo escuché con el alma. Antes el gato negro nos había rodeado en una mesa redonda (anotá en el margen que tenemos un helado de frambuesa que nos espera en la nevera) y habíamos sentido la confianza de los justos. Entonces fue un fulgor instantáneo, un destello amarillo en el centro de las pupilas y luego nos adentramos nadando en la corriente de un río que mojaba sus lenguas en nuestros cuellos volcados. Pero yo te escribo para decirte lo que no pude y no querría dejar que muera el día sin que supieras que me duermo en tus sueños y me despierto en tus brazos, justo a tiempo para hacer el café y traértelo mientras dormís un poco, apenas más. Dicen que lloverá el sábado. No lo sé, mientras espero te escribo y la tinta me lleva y te acerca, entonces aprovecho y te beso los párpados. Vos pasás navegando en tus verdes niveles y nos decimos hasta mañana con besos de pájaros y nos dormimos luego. Y el día recomienza: una y otra vez. Eso quería decirte cuando la ciudad explotó en contra de mis sueños. Que tengas un límpido amanecer. Hoy es día 3.

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