martes, 20 de agosto de 2013

El baile de la memoria

Anoche, mientras la lluvia caía en el patio, recordé cuánto hacía que no pensaba en vos. En vos y la lluvia. Quizá porque te moriste un día de sol radiante, de esos que son una puñalada en la nuca, me angustiaban los días de lluvia, pensándote en el cementerio, solo, con el agua que se filtraba entre las piedras y mojaba el cajoncito que tenía tu cuerpo. Entonces recordé también aquel personaje de García Márquez que tenía una urna con los huesos de sus padres y los llevaba de acá para allá, y adonde iba lo acompañaba el taquetaque de los huesos chocando entre sí, como una musiquita. Y pensé que quizá eso sea la muerte de los que amamos: un ir diluyéndose para reaparecer de vez en cuando porque llueve, o sale el sol, o nos asaltó el perfume de algún jazmín. Una deja de extrañar, es cierto; pero no de querer, porque la casa del corazón siempre levanta nuevos cuartos y no clausura los que se han quedado repentina y tristemente sin habitantes. Vayan  estas palabras a la memoria que se viste de ropas inesperadas y sale a bailar.

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