lunes, 19 de agosto de 2013

Tierra fértil y cenizas

Mujeres, debo decirles algo: delante mío ha pasado tres veces un hombre, y llevaba en sus manos una ofrenda de tierra fértil y cenizas. Eso me hace sospechar que ya saben que los tiempos helados van cediendo, y que la primavera comienza a despuntar con su rueda de brotes incipientes. Desde mi posición, tengo una vista privilegiada hacia los tenderetes y las avenidas, y lo he observado con atención: tres veces y siempre el mismo perfume a jardines y huertas, la misma nostalgia de los campos en flor. En la tercera pasada, ha girado su rostro, sin detenerse, y, antes de desaparecer en el túnel por donde pasan los carros cada mañana, ha murmurado unas palabras que no llegué a distinguir; pero me estaban, sin dudas, destinadas. Entonces, me ruboricé, como corresponde, a una mujer que aguarda el comienzo de la primavera: todas sabemos lo que de rito encierra la tierra fértil y las cenizas que se esparcen en los territorios que pronto empezaremos a sembrar. Es un hombre alto y fuerte, y alcancé a vislumbrar una luz clara en sus ojos raudos. Mi madre diría que no es de buena mujer mirar los ojos de los hombres, pero, qué sabrá ella si hace veinte años que duerme sola y perdida. En el templo se acumulan las ofrendas, pero yo ya elegí. Esta tarde, cuando el sol caiga a pico contra la muralla del oeste, bajaré al río a refregar mi vestido blanco entre las piedras y me sentaré en la orilla. Sé que él pasará y me ofrecerá que durmamos juntos en la hierba. Lo haré, porque ya llega la primavera y él ha hecho su ofrenda. Nada acuna mejor que el peso de un hombre al dormir: los sueños se hacen espesos y carnosos y dan frutos en el verano para saciar la sed.  Así que ya  saben, mujeres, no me esperen esta noche en la ronda, porque no volveré.

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