lunes, 12 de agosto de 2013

Una cama pequeña

Había una vez una princesa que dormía en una cama tan chica como una cáscara de almendra. No necesitaba más para pasar sus noches. Ovillada sobre sí, se tapaba con sus sábanas blancas y se dedicaba a soñar. Una noche, la princesa invitó a un príncipe a dormir en su almendra.
-¿Juntos, ahí? -dijo él- No vamos a entrar. Es demasiado pequeño para los dos.
Pero, cuando las estrellas coronaron el cielo frío y en el palacio enmudecieron todos los rincones, los dos se metieron en la cáscara para dormir, a falta de otro lugar mejor.
Al principio, el príncipe dio un par de vueltas para acomodarse y, sin darse cuenta cómo, se durmió en un dos por tres.
Entonces, por obra de los sueños  -que son mensajeros de los deseos- la almendra empezó a crecer hasta albergar en su interior una anchura mayor que la del mar. En su dormir, el príncipe sintió el perfume violento de la tierra húmeda y las raíces de las plantas que crecían junto a su nariz. De un rincón del lecho salieron volando unas garzas blancas que remontaron por el cielo violeta de un atardecer. De un macizo de amapolas , unas mariposas amarillas se desprendieron mientras las golondrinas se acercaban a unos acantilados espumosos. Un bosque de pinos verde oscuro se abría más allá del sol que comenzaba a caer.
A la mañana, cuando abrió sus párpados, vio que había dormido toda la noche en los brazos de la princesa, los dos apretados en la cáscara.
-¿Y? -le dijo ella.
-No me vas a creer si te dijera que dormí en un sitio ancho, con bosques y unas golondrinas de un color...
-¿Así? -dijo la princesa mientras se reía tras una pluma azul.

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