sábado, 28 de septiembre de 2013

De eso no se habla

Si del hilo removido de mis propias historias tiro tan solo un poco y veo lo que trae la cuerda de un ayer tan ayer que no debiera estar allí porque de eso no se habla, recuerdo la humillación de esa noche en que yo era otra y no supe más que meterme debajo de la ducha para llorar a los gritos y resfregar con la esponja el barro de la muerte. ¿Qué podía esperarse de tanta soledad, de tanto miedo? La carne se me abría como si fuera ese hilo rojo que yo creía que me ataba a la pena y no había tijera que cortara mi sombra. Después -porque siempre existen los más tarde y los luegos- aprendí a perdonarme, a darme oportunidades para subir al cielo y bajar mis temblores a orearlos contra el viento. Pero en el mientras no supe otra cosa que elegir la dentellada en el cuello desnudo y la sangre caía. Los ruedos estaban descosidos, la casa estaba sucia y las camas, deshechas. Y yo, paralizada en el alarido infecundo. Irse tan lejos como dieran las alas porque no era meritorio haber sido obligada  sin sentido en medio del silencio que quemó como fuego. ¿Qué podía esperarse? La muerte ataba con su hilo de hielo y la carne temblaba al empujón helado del que hizo trabajo el tiempo para limar la huella. De eso no se habla porque no siempre perdonan las palabras. No siempre.

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